El cantante Carlos Cano, en una Bahía con pelotas | Juan José Téllez

Juan José Téllez | Fue en el 77, ¿te acuerdas, Mai? Cádiz había probado de sobra la fuerza bruta de los grises como morlacos salidos del chiquero de la dictadura y espoleados por los apoderados del tardofranquismo: aquellas cargas en los callejones, en los aledaños de La Pastora, o contra los campesinos de Jerez y los del heavy metal de Algeciras. Pero no conocíamos todavía el sabor de los antidisturbios de la democracia. En octubre del 77, y en Cádiz, cuando llegaron los centuriones de aquellos pañuelitos verdes en el cuello, que les cantase ‘La Guillotina’, en aquella bienvenida inolvidable del Carnaval siguiente. Los frigoríficos y las lavadoras caían desde los pisos del sindicato contra las lecheras de la pasma. Todas nuestras calles, ya saben, las dejamos solas y les tirábamos flores, pero con macetas para que fueran con rapidez.Carlos Cano -ya hace diez años que, demasiado corazón, se fue a buscar a Paco Alba por las fiestas típicas de la otra vida-lo veía por televisión y en las páginas de la prensa, ¿te acuerdas, Mai? La gente como un puño a favor de los currantes de los Astilleros, de las contratas y de una bahía que había vivido de hacer barcos desde que el barbudo del sarcófago fenicio de la Plaza de Mina puso su pie en la playa de La Caleta. Tú, Mai, recuerdas aquellos claramente en una de las secuencias de ‘El Mapa de Carlos Cano’, la película documental de Pablo Coca que Canal Sur pondrá en pantalla el 27 y el 28 de este mismo mes. Hablas de la emoción de sentirse todos como una misma persona frente a la fatalidad de un mundo obrero que se venía abajo.

Allí estabas tú, frente a las grúas varadas del astillero, a un tiro de piedra del sol caletero donde el pregonero Julio Pardo se sienta con Antonio Martín a rememorar las habaneras de Cádiz en unas minúsculas sillitas de playa.

Así que el carnaval también estuvo con ellos, con vosotros Mai, con todos los que vivíamos o sobrevivíamos de una industria que sigue con respiración asistida 32 años más tarde. Fue otro coro, el de ‘Los camaleones’, quien incorporó al estribillo de sus cuplés una consigna clara: «Pum, pum, pum, las balas de goma/ dan mal resultado,/ pelotas nos sobran/ a los gaditanos». Así que Carlos tuvo que oírlo; aquel Carlos que ya había incorporado, entre trovo y trovo de Las Alpujarras, el soniquete del carnaval gaditano en aquella murga de ‘Los Currelantes’ a la que ahora rinde hermoso, contundente y hermoso tributo la comparsa de Jesús Bienvenido. Así que Carlos, ocho años después de aquel carnaval, bajo otras reconversiones navales y otros antidisturbios, resumiría: «Guardia, no tires pelotas,/ que pa pelotas, Puerto Real».

Entre Puerto Real y Cádiz, entre ‘Los camaleones’ y Carlos, entre el carnaval de la calle y el de las altas esferas, la Bahía sigue como entonces, en las plusmarcas olímpicas del paro, esperando un milagro que nos salve o un trovador que nos cante. Pero ya nadie mueve un dedo y ni siquiera los antidisturbios tienen que molestarse en someter nuestras protestas. ¿Te acuerdas, Mai? Los tiempos cambian. Las pelotas y los ovarios duermen el sueño eterno de Carlos Cano.

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