Verdiblanca | Javier Caraballo

Carlos Cano se muere todos los años por estas fechas. Tenía la lengua verde, el corazón rojo y el alma blanca. La esperanza era negra. Como su voz, negro dulzor del caribe. Melaza de monjas. Nunca había pensado en el color de la música hasta que Carlos Cano dijo una vez que la voz de Amalia Rodrígues era negra. La oyó en Portugal y se enamoró para siempre. Se quedó atrapado en la tela de araña de aquella voz, varado en las aguas tibias de un fado. Entonces compuso María la Portuguesa. Que también nace y muere en el infinito de todas las canciones.

Todos los años, por diciembre, Carlos Cano nos mira otra vez, desde su gran altura, con esos ojos achinados, tristes y alegres, el pelo negro y rizado, y hace que sintamos vergüenza de andaluces. Se acaba el año y Carlos Cano coge el micrófono para negarse otra vez a cantar la ‘Verdiblanca’. “Yo no canto canciones de esperanza para un pueblo que no tiene ganas de soñar”. Esperanza negra, lengua verde. Carlos Cano, proscrito de sus propios sueños, se sigue rebelando en la memoria. En cada libro, en cada recuerdo. Carlos Cano, maldito en su tierra, víctima de gente miserable que le negó el pan hasta su último aliento. “Que no se olvide que Carlos Cano estuvo vetado en Andalucía. Ese veto desaparece cuando se creen que se va a morir, en 1995. Entonces se abren todas las puertas, pero el reconocimiento definitivo le llega después de su muerte, con el nombramiento de Hijo predilecto de Andalucía”, recuerda Diego de los Santos, que acaba de publicar en Almuzara un libro biográfico con la memoria de tantos años juntos.

Esa es la miseria de esta autonomía. Carlos Cano le cantó al PSOE todopoderoso de los ochenta con la guasa de una chirigota, “ay, Felipe de la OTAN, cataflota, verigüé, llegarás a gran torero como Cervantes y Gregory Peck”, y la consigna se extendió por todos los rincones. A Carlos Cano, ni agua. No fue hasta los albores del 2000 cuando la Junta se acordó de él. Lo llamó Chaves para proponerle que participara en uno de sus foros. Carlos Cano lo rechazó con una carta que no llegó a publicar.

“¿Por qué ahora? Lo primero que encuentro a bote pronto es que en Madrid ya no gobierna el PSOE (…) Recuerdo la cantidad de palos, de heridas (…) y hoy recibo la llamada del presidente Chaves para colaborar en tal proyecto. (…) Y en este marco, se pretende que unos llamados intelectuales, con más tiros que un águila culebrera, nos lo creamos…”


Juanjo Téllez recuerda en su libro
que a Carlos Cano le gustaban unos versos de Bukowsky: “Yo nací para eso. Nací para robar rosas en la avenida de la muerte”. Todos los años por diciembre, se muere Carlos Cano. Y luego vuelve a nacer. Con su lengua verde y su alma blanca. El corazón rojo y la esperanza negra.

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía

Original

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