Carlos Cano en el recuerdo | Antonio Sánchez Morillo

A duras penas, carlos cano, 1975

A duras penas, 1975

Compré su primer disco, “A duras penas” a la vuelta de mi primera vará como esparraguero en los llanos de Navarra. Eran tiempos en los que el sindicalismo se hacía en los tajos y yo había dejado los estudios para ayudar a crear las comisiones de jornaleros .  Y los jornaleros de la Jara iban a Navarra a ganarse el pan y el jornal agachados sobre los lomos de los esparragueras, mientras las jornaleras  aguantaban  jornadas interminables en las cintas de las fábricas .

En los campos o en las fábricas, a más de mil kilómetros de nuestras casas, descubríamos el sabor salado del sudor y el pellizco amargo de sentirnos diferentes. Porque aunque hablásemos el mismo idioma que los navarros, sabíamos que teníamos un lenguaje diferente. Que amábamos, pensábamos, soñábamos en un lenguaje diferente. Que éramos, y así se empeñaban en que no se nos olvidara, “los andaluces”. En un número de Cambio16 habíamos descubierto que existió un andaluz que se había llamado Blas Infante  y que hubo un tiempo en el que tuvimos un himno y una bandera verde, blanca y verde.

Y yo, que entré en aquella tienda buscando el último disco de Paco Ibañez, me dejé atrapar por un grito hecho fotografía en la caratula y las tres palabras de una de las canciones: verde, blanca y verde.

Y su voz se unió a la de Paco Ibáñez y Paxti Andión y Víctor Jara y Meneses  y Quilapayun y tantos otros que convertían la poesía en armas para aislarnos de la agonía del régimen.

Hasta que una tarde Diamantino me preguntó si iba con él a Casariche. ¿A una Asamblea,?, le dije. “No, a escuchar cantar a Carlos Cano”. Y en la sacristía de aquella Iglesia, con don Miguel, el cura, de anfitrión escuché por vez primera a aquel poeta granaíno que nos hablaba de una Andalucía que sentíamos tan cercana. Me recuerdo emocionado y recuerdo la emoción que se reflejaba en su mirada cuando Diamantino y yo mismo le comentábamos que en Antequera nos habíamos reunido representantes de más de 80 pueblos andaluces para fundar el SOC. De aquella emoción surgieron unos versos incluidos en una de sus más hermosas canciones. “Los jornaleros se van”.

“Mientras despertamos tos/y se rompen las caenas/más le valiera a mi voz/quitarte un poco de pena./ Lo mejor que puedo hacer/ después de lo de Antequera/entonar un pasodoble/con garbo y redoble/que se pueda bailar/ un pasodoble que diga/ Viva Andalucía que muerta no está”

Durante aquellos  tiempos nunca nos faltó la voz y la guitarra de Carlos. Ya fuera para el SOC o para crear una Asociación Juvenil.

En la Navidad de 1979 ante la negativa de todos los locales públicos y privados por albergar un concierto de apoyo a la Asociación “La Choza”, los jóvenes jareños conseguimos que nos dejaran un antiguo pajar. Durante días adecentamos el local. Finalmente a las 20,30, media hora antes de la actuación, el escenario, presidido por una “blanca y verde” estaba preparado. Sin embargo, Diamantino y yo fuimos a decirle que no podíamos asistir a su concierto.

– ¿Pero no os quedáis?- se extrañó.

No podíamos. En un cortijo cercano estaban arrancando los olivos y el sindicato había decidido parar las máquinas. La oscuridad de aquella noche nos ayudaría, le explicamos.

Cuando regresamos, el concierto ya había terminado pero aquella madrugada gozamos de sus canciones y de la historia de Almutamid  en la cocina de leña de la casa de mi tía donde se quedó a dormir.

Por la mañana, cuando fui a recogerlo para desayunar, me leyó los versos que acababa de escribir.

¿Adónde va la luna/ por los trigales?/ A pedir que no arranquen más olivares…

¿Adónde va la rosa /por los rosales?/ A decirle a la luna tengo un amante / Un amante en la sierra / de labios tiernos/ que es de la Jara madre/ y es jornalero.

-¿ Te gusta?- me dijo

– Claro- le contesté.

-Pues te la dedico.

Y aquella mañana recibí el regalo más hermoso de mi vida. Aquellos versos  se convirtieron en la canción “El día de San Román”.

Volvimos a vernos en alguna ocasión más. Yo emigrante en Cataluña a la que me había llevado una cardiopatía que me impedía trabajar en el campo; él, carlos cano, como uno de los andaluces más reconocidos. Durante aquellos años siempre busque su voz para espantar la sombría soledad de la emigración.

De vuelta a Andalucía, ya jefe de prensa de IUCA,  lo vi por última vez para pedirle que suscribiera el Manifiesto de “Andalucía no se cierra” que nos congregó en su Granada a miles de andaluces.  Nuestra cita para tomar un té verde  quedó aplazada para siempre pero me queda el inmenso regalo de su recuerdo.

Antonio Sánchez Morillo

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