Hola Carlos | José Luis Balbín

José Luis Balbín
José Luis Balbín

A lo largo de esta semana (finales de diciembre de 2010) oigo elogios necrológicos dedicados a Carlos desde todos los medios de comunicación. Parece que el tiempo pasado no es el del olvido

Han pasado unos días más de diez años. Aquella mañana, esperaba en Madrid su vuelo desde Granada. Teníamos planes: poner en marcha un proyecto múltiple de ocio y cultura rentables, de manera que pudiera atraer al más variado público sin necesidad de acudir a la limosna siempre degradante de las subvenciones. Era una vieja idea, que a Carlos también le entusiasmaba.

La noticia fue un mazazo, como lo son siempre ese tipo de noticias. Habían tenido que dejar a Carlos Cano en Granada, rumbo al hospital. Otra vez el maldito aneurisma de aorta que, silencioso y agazapado, nunca había dejado de amenazar. Ya había pasado un quinquenio desde el primer bombazo, para el que familia, amigos, técnicos y científicos habían tenido que preparar un viaje en avión hospitalizado a Estados Unidos, de donde Carlos regresó con música muy nueva, en la que también recordaba a las ardillas neoyorquinas de sus pesadillas.
Fue un quinquenio brillante y feliz durante el que Carlos distraía en ocasiones sus cautelas de salud. Parecía como si él mismo quisiera olvidarlas. Estaba lleno de música y proyectos, como el que compartimos hasta aquella nefasta mañana de diciembre. Entre tanto su vida, su entorno vital, también cambiaba. A veces, para mal; a veces, para bien, o al menos él lo creía. Disfrutaba, por ejemplo, cuando se quedaba en mi casa de Madrid y jugaba con mis perros, de quienes se llevó a uno de los cachorros.

Desde entonces pasaron mil cosas, que a él, a sus amigos y a mi nos parecían estupendas. A lo largo de la pasada semana he oído elogios necrológicos dedicados a Carlos Cano desde todos los medios de comunicación. Incluso reveo alguna de las entrevistas televisivas que tuve la suerte de hacerle. Forman parte de la serie en la que Gorbachov, Katherine Graham, Saraiva de Carvalho, Julio Anguita, Gustavo Bueno, López Rodó, Strassera, Dubcek, Olof Palme, Rudy Dutschke y tantos otros permitiesen que yo pudiese transmitir a los españoles (y también a los telespectadores que han seguido reclamándolo desde el extranjero) esas facetas menos conocidas de sus vidas, pero casi siempre más interesantes humanamente.

Nos quedaron cosas por hacer, como los viajes a las óperas en Italia, que también sigo cumpliendo en su nombre. Y, por supuesto, no me pierdo su voz en ruta, aquende o allende las fronteras. Hola, Carlos. No creas que lo de Yugoslavia se olvida.

Todo sigue más o menos, desgraciadamente, como habíamos previsto.

Hola Carlos, por José Luis Balbín

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