La primera vez que vi el mar…

Aquella noche del 18 de julio de 1959 no pude casi dormir, de nervios. Amanecía y recuerdo con la desilusión que miré al cielo, lleno de nubes grises que amenazaban tormenta en mi primer viaje al mar.

Tenía tanta alegría que a saltos cogí la taleguilla con los bocadillos de tortilla y salchichón que me había preparado mi abuela, mamá Pepa, y de la mano de mi tío Rafael, que me estaba esperando en la puerta, salimos hacia el Café Zeluán en la calle San Juan de Dios de Granada, punto de encuentro de una excursión a la playa de Motril organizada por los trabajadores de la Fábrica de Pólvoras de El Fargue, donde trabajaba mi tío.

Era mi tío Rafael una de las personas que más quería toda mi familia. Se reía de todo. Cuentan que, durante la Guerra Civil, cuando las sirenas anunciaban algún bombardeo a la Fábrica de Pólvoras, él salía a la calle cantándole a los aviones: “Eran cabezas de pollas las que del cielo caían…

Bueno, pues al llegar al Café Zeluán me fijé en un letrero grande y le dije gritando a mi tío: “¡Mira, tito, mira, mira que picardía pone! ¡Eso no se dice!“… (En el letrero ponía Mariscos, y yo había leído Maricones).

Salimos en un camión de transporte al que le habían quitado la lona que lo cubría y lo habían llenado de bancos de madera para poder sentarse. El viaje de ida no se me hizo eterno por la enorme ilusión que tenía por ver el mar, aunque llegué completamente mareado y andando como un pato.

Al fin pude conocer el mar; la playa de Motril llena de piedras grises y chinorros ardiendo como ascuas que nos hacían caminar a saltos, como los gatos, cuando íbamos hasta el rompeolas (resbalaero, le dicen allí) desde la sombrilla.

El agua te cubría rápidamente, de sopetón, y tú atragantado, dando manotazos, nadando estilo perro con los flotadores de corcho y el meyba enorme, azul marino con unas grandes perneras por donde asomaban mis patillas de alambre. Y los gritos de las mujeres, chillándoles a los niños: “¡No sus vayáis a ahogar en la poza! ¡Tened cuidao…!“. Y una peste a sardinas asás, las raspas, las cáscaras de naranja, el papel de envolver los bocadillos y las cañas de los espetos sobre la arena empujados por el viento de la tarde.

Y a las cinco, vuelta para Granada, con todo el calor, con parada obligatoria en Vélez Benaudalla, donde comprábamos pestiños, especialidad pastelera del pueblo, y en los caracolillos -tramo de curvas retorcidas-, la gran vomitera; venían los mareos, las arcadas, y el conductor gritando: “¡Gomitar fuera, cojones, gomitar fuera!”

Y llegada a Granada con la espalda achicharrá, la nariz roja, en carne viva, la piel llena de ampollas y vaya noche en vela, venga paños de vinagre y aspirina. Pero todo valió la pena por haber visto el mar.

EL MANDAICO (*)

Años después me contó mi tío que, por la carretera de Motril o la de Málaga, no lo recuerdo muy bien, había una pintada sobre la pared de un cortijo en ruinas que decía: “Atención, conductor, tramo de curvas retorcidas y peligrosas como los cuernos del cabrón de Girón“.

(*): La propina.

Carlos Cano

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