Carlos Cano: “Es una pena que la honestidad sea factor de riesgo”

“Es una pena que la honestidad sea factor de riesgo”

El aneurisma de aorta le ha dejado dos secuelas: un costurón que le recorre el tórax como una cornada y unas ganas extraordinarias de vivir. Llegó con tres heridas, como Miguel Hernández, y ahora se aferra a la de la vida

En septiembre sale su nuevo disco, ‘El color de la vida’, con esa Habanera de Nueva York alumbrada desde una camilla del Mount Sinai Hospital y canciones a la guerra de Yugoslavia y al cura Diamantino. Con él emerge un Carlos Cano más vitalista y menos desgarrado, más despegado y menos descreído. O acaso es que, simplemente, descree más de aquello que no signifique un puro compromiso con la necesidad de vivir.

Pregunta.- Bueno, Carlos, pues ya han llegado los bárbaros, como en el poema de Cavafis, y no parece que haya ocurrido nada grave.

Respuesta.- Los bárbaros no se han ido nunca. Yo no percibo diferencias políticas. Pero tampoco me interesa demasiado. En estos tiempos de decadencia del imperio romano, lo único que me interesa es el olor a fuego.

P.- Sigue manteniendo vocación de incendiario.

R.- Eso es una secuela de los veinte años. Para poder construir hay que destruir aquello que se niega a ser cambiado.

P.- ¿Por dónde empezaría a quemar?

R.- Por la mala educación que tenemos para sobrevivir. Vivimos rodeados de necesidades creadas por los mismos que nos las venden. Y luego, estos tiempos tienen que terminar, este concepto manipulado de la política, del socialismo, de la libertad, de la solidaridad. Nunca ha habido tantas ONG’s, ni tan inútiles. Aquí sólo vale ya tomar partido por el hombre que hay dentro de cada uno.

P.- ¿La derecha ha salido tal como usted la esperaba?

R.- Para que hubiera una derecha tendría que haber una izquierda, y como no creo que exista esa izquierda me parece que todo es lo mismo; coca o pepsi, más o menos gas, más o menos azúcar.

P.- Esa es la teoría de las dos orillas de Anguita.

R.- No lo sé. Yo lo veo así. En la política tienen que venir nuevas formas. Las respuestas no son válidas, pero las preguntas siguen siendo las mismas.

P.- ¿Contra quién hay que combatir, ahora?

R.- Yo siempre combato a favor de la vida. No soy un revolucionario, soy un rebelde. No lucho por convicciones, sino por sentimientos. Me da coraje que me impongan las cosas. Pero por la política convencional no vale la pena sufrir.

P.- ¿Nos acabarán devorando los negros, o los moros?

R.- Lo más probable es que nos comamos mutuamente. El problema está en que no nos coman los de las chabolas que tenemos al lado, que son los que nos tendrían que comer a todos. Es un problema de desequilibrio irreversible; si no equilibramos la política de desarrollo en el Magreb, si seguimos sosteniendo por conveniencia al sinvergüenza de Hasán, pues seguirán viniendo las pateras, igual que nosotros cruzábamos los Pirineos en las pateras simbólicas de unas alpargatas. La gente tiene hambre y el mundo es redondo. No sé dónde vamos, pero sé que vamos todos juntos.

P.- ¿Qué es peor, darles somníferos a los inmigrantes negros o torturarles con la canción del verano?

R.- No sé, ja, ja, hay canciones del verano que podrían servir de somníferos.

P.- ¿Y a usted qué le pone negro?

R.- La prepotencia del poder. La chulería. Si alguien quiere que le pegue un bocado en el cuello, que se ponga chulo conmigo.

P.- A ver si el aneurisma le dio de sulfurarse por tanta prepotencia.

R.- El otro día, en EL MUNDO, leí que López Ibor dice que las personas sensibles a la responsabilidad son más proclives a la depresión. Es una pena que la honestidad sea factor de riesgo.

P.- ¿Los ‘papeles del CESID son un factor de riesgo para alguien?

R.- Los ‘papeles del CESID son papel higiénico. Esto es todo un montaje que no tiene salida.

P.- ¿A usted le serviría de algo ver a Felipe González en la cárcel?

R.- Si representara algo para el país, y no para la satisfacción personal de algunos, sí. Pero dudo que sirva de algo. Yo creo, además, que ni el problema es Felipe ni la solución es Aznar. El problema es el sistema; el sistema siguió funcionando después de quitar a Guerra, y seguir si quitan a Felipe. Lo de Felipe es un problema privado del PSOE; si lo quitan, el PSOE se va a la mierda.

Sentido de justicia

P.- ¿Ya no le tienta la política?

R.- Nunca me ha tentado. Me han tentado desde fuera. Yo sigo teniendo un sentido de la justicia, de cómo deberían ser las cosas, de cómo debería estar la farola de mi calle. Eso es política, desde luego. Pero ahora creo que no hay alternativa más allá de las cosas pequeñas y concretas. Yo no tendría problemas para estar con gente como el cura Diamantino García.

P.- Le ha dedicado una canción póstuma. ¿Diamantino era un santo?

R.- Diamantino era un hombre, que es mucho más importante. Hay pocos hombres y demasiados santos.

P.- ¿Le reza a Diamantino?

R.- Yo nunca he rezado desde los 14 años, en el sentido religioso. Pero es verdad que a veces hablo con él, pienso en él.

P.- Y ahora en Andalucía han elegido a otro cura Defensor del Pueblo.

R.- Será que ya no nos salva ni Dios, ja, ja. Hombre, yo creo que el cura Chamizo va a dar juego, va a dar guerra, y será positivo. Es sólido, difícil, serio. Por eso me gusta esa clase de gente; es bueno que un tío que no se abrocha los tres últimos botones de la camisa ponga todavía nervioso al Poder.

P.- Y María, la portuguesa, ahora es ciudadana de la Europa de Maastricht.

R.- Las putas no son ciudadanas de ningún sitio, ni los bebedores de vino verde. La gente que vive con el corazón en la mano se pasa Maastricht por los huevos. Mire, si no creo en Dios, no voy a creer en Maastricht.

P.- ¿Y qué van a hacer ustedes los cantantes con seis días de fútbol a la semana?

R.- Yo he cantado en teatros llenos en miércoles que jugaban el Madrid o el Barcelona las Copas de Europa. Lo del fútbol todos los días es una barbaridad, pero eso ocurre por algo. No hay muchas opciones: viendo la tele cualquier día, a veces dan ganas de que haya más fútbol. Es lo menos degradante que sale por la tele.

P.- ¿Qué es Andalucía, Carlos?

R.- Sigue siendo una idea. Cada vez menos, quizá cada vez sea más una realidad, y por eso cada vez me interesa menos.

P.- ¿Y Cataluña le dice algo?

R.- No. Un lugar que hay por ahí arriba, ¿no?

P.- ¿Y el País Vasco?

R.- Lo mismo, pero con más jaleo. Mire, hay cosas que no llego a entender. Yo me siento muy cómodo allí, sobre todo en San Sebastián, que es tan hermosa, y no entiendo cómo puede haber gente con la mente tan corta que se dedique allí al radicalismo abertzale. ¿Cómo se les puede ocurrir salir todos los dÌas en manifestación, con botellas de gasolina, cuando es una ciudad que dan ganas de ponerse a follar por las esquinas? Yo ya no mido a la gente más que por los universos que pueden llevar dentro.

P.- No se estará volviendo místico.

R.- Me estoy volviendo absolutamente materialista. Vital. Si yo no vivo, nada existe para mí, y por tanto creo que no hay nada más grande que un ser humano. Sólo valen los conceptos naturales.

P.- Esto se lo van a preguntar todos los días en cuanto lance el disco: ¿Cuál es el color de la vida?

R.- Rojo. La vida es del color de la sangre.

Por Ignacio Camacho (28 de agosto de 1996)
Publicada en el diario EL MUNDO

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