No hay más que Carlos Cano

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No hay más que Carlos Cano

Aunque sólo sea para aliviarnos de la miseria intelectual en la que indefectiblemente caen nuestras campañas electorales, doy el quiebro, giro y me voy, y escribo de un hombre serio como Carlos Cano. «María la Portuguesa».

Confieso ser un ignorante del arte que se trabaja, pero siendo un adicto de la radio cambio molesto el dial cada vez que me siento atropellado por las toneladas métricas de coplas que permanentemente se empeñan en recordarme lo que no quiero ser: español, aquel que no puede ser otra cosa, y deudo eterno en mi generación de doña Concha Piquer, Angelillo, Juanita Reina, Lola Flores, Tomás de Antequera, a quien conocí de muy joven en Madrid, ya puteado por señoritos fascistas que eran los únicos auténticos maricones, o Miguel de Molina, ya en Buenos Aires, cuando la decadencia física y la certeza de la proximidad de la muerte le habían dulcificado el justificado rencor que por tantos años sintió por sus compatriotas, que para él ni fueron «compas» ni fueron «patriotas». Toda la fauna y la flora.

Sigo la teoría y la hagiografía de la copla a través de Carlos Herrera, pero mucho más por la curiosidad que me despierta el específico talento de mi colega para despertar, analizar y revalorizar eso que se entiende por la «canción española» que por la canzoneta en sí.

He de confesar que soy de los que vomito cuando a quince mil kilómetros de distancia un grupo de horteras españoles mamados hasta las patas te ponen en el giradiscos los «Suspiros de España» de la insoportable Concha. En tales situaciones abominables prefiero «La niña de la estación».

Pero con la copla me ha reconciliado otro Carlos. Carlos Cano, ante cuya voz, su estilo y su persona deberían rendirse los mejores poetas españoles para ofrecerle sus versos, y que los florezca cantándolos.

Ahí hay un alma recia, un cante varonil y universal. Carlos Cano es la auténtica nueva copla española. Carlos Cano es un portugués, es un sudaca, es un andaluz, es un negro, es un mestizo, y sólo canta lo que le place defendiéndolo como tal. No nos sube su canto hasta los «tontocéntricos» que poblamos Madrid sino que nos obliga dulcemente a bajar al suave vientre de Andalucía, que se abren hacia el fado o hacia la tonada de la música magrebí. La copla de este hombre si nos toca el corazón no sólo es por su belleza sino porque no se cierra a nada. Jamás a Carlos Cano podría haber dicho Miguel de Molina lo que afirmó malvadamente de la Piquer: «Se nota que ha comido mucho arroz». Este ha masticado solidariamente el hambre de los demás.

Si algún día la copla revive por encima de los nostálgicos y de los cadáveres estáticos vivientes, será por este hombre de quien no entiendo que no haya despertado fanatismos como el mío. La canción española llegó hasta aquí: y después empieza el camino que nos marcan las impagables canciones de Carlos Cano. ¿Pero es que hay en lo suyo algún otro por ahí? «María la Portuguesa», que sigue penando su desamor.

por José Luis Martín Prieto

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