En la ciudad de Cavafis, por Juan José Téllez
«Los orígenes de poeta son buenos para un cantautor«. Recuerdo esa frase de Carlos Cano, en nuestra primera entrevista periodística, cuando amanecían los años 80. Entre coplas familiares y el ambiente mestizo del Manifiesto Canción del Sur, su primera querencia fue la de la poesía, alimentada desde distintas esquinas estéticas pero sobre la que siempre primó la lírica y el mito de Federico García Lorca.
Se trata, sin duda, de un Aleph particular que tiene mucho que ver con esa reflexión sobre una Granada ensimismada que sólo tiene salida por las estrellas, pero también con una dimensión universalista y a la par andaluza del mundo, que guarda estrecha relación con la aventura de volar sin olvidar las raíces, el origen, el punto de partida.
El papel de Juan de Loxa en la formación literaria y musical de aquel jovencísimo Carlos Cano se nos antoja crucial, bajo las marcas del Manifiesto y de Poesía 70: “Una revista —como Litoral para la Generación del 27, Cántico para el grupo del mismo nombre, y ahora Poesía 70—, un grupo musical y, además, un programa en Radio Popular, que será galardonado años más tarde con el Premio Ondas. Juan es el motor, el director de aquella orquesta —así lo describe Antonio Ramos Espejo—. Y Carlos está ahí, con su guitarra, impregnado del compromiso ético del grupo. Como lo están Antonio Mata, extraordinario cantante y mejor compositor, Ángel Luis Luque, Antonio Titos, Miguel Ángel González, Enrique Moratalla, Raúl Alcover, Enrique Valdivieso… los poetas Carmelo Sánchez Muros, Pablo del Águila, Fanny Rubio, Joaquín Sabina… los pintores y diseñadores Claudio Sánchez Muros, Juan Vida, Julio Juste… Jóvenes artistas, transgresores y dispuestos a poner Granada patas arriba, derribando barreras a costa de más de un disgusto y reivindicando la libertad de expresión como artistas comprometidos”.
Entre todos ellos, el vacío que deja la muerte de Pablo del Águila también sacudirá a Carlos Cano, tanto de modo personal como estético. Desde este punto de partida, su primera canción, La miseria, no sólo bebe de Georges Brassens, a quien descubre durante su estancia en París, sino que también refleja el poso final de lírica andaluza, aquella estirpe de Bécquer de la que hablaba Fernando Ortiz y que entroncaba con Herrera y Góngora, hasta orillar en la Generación del 27 y algunos autores del 50, muy especialmente Jaime Gil de Biedma.
Es el lugar
Donde nací,
Donde no quiero yo morir.
Es un lugar
muy especial
para el amor y la moral
La miseria
Cano precisó luego que no trataba sobre la miseria económica y política de su tiempo, sino sobre la miseria mental de su ciudad que en aquella etapa vital le oprimía. El concepto de ciudad lo afinará sin duda cuando, durante el servicio militar y a través de José María Álvarez, descubra el poema La ciudad, de Constantino Cavafis, que había traducido el poeta de Cartagena y que a Cano se le revela como un punto de inflexión en sus concepciones artísticas.
Dijiste: «marcharé a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad habré de hallar mejor que ésta.
Cada empeño que pongo lleva escrito una condena
y está mi corazón, como un muerto, sepultado.
En este declive, cuánto más se obstinará mi mente.
Adonde vuelva los ojos, adonde quiera que mire,
negras ruinas de mi vida es lo que veo aquí,
donde tantos años he pasado, he malgastado y consumido.»
No habrás de hallar nuevos sitios, ni encontrarás otros mares.
Te seguirá la ciudad. Las calles donde deambules
serán las mismas. En estos mismos barrios te harás viejo.
Y mudarás a gris en estas mismas casas.
Este fragmento del poema, justo en su inicio, marcará la filosofía final de Carlos Cano en torno a Granada, a la creación y al ser humano. A partir de ahí, su paleta de lector se amplía con Luis Cernuda — un andaluz triste, como él—, Walt Whitman, Salvador Espriu o Álvaro Cunqueiro.
Sin embargo, el primer poema ajeno al que pone música, por indicación de Juan de Loxa, será La canción del mariquita, de Federico García Lorca, la primera de tantas aproximaciones que culminaron con su versión coral de El diván del Tamarit:
El mariquita se peina
con su peinador de seda.
¡Los mariquitas del Sur
cantan en las azoteas!
Desde sus primeras composiciones, alienta el resuello del poeta. Y así ocurrirá hasta sus últimas grabaciones. Anochece, por ejemplo, parte de la única detención que sufrió en su vida y de la noche pasada en el calabozo. Sin embargo y no sólo por la censura que gobernaba entonces la vida cotidiana, mantiene el acento de opera aperta, a decir de Umberto Eco.
¡No, no, no, no, no…!
¿Dónde estoy, ¿qué pasó?
Hace frío. Tengo miedo. ¡Piedad de mí!
¿Es que un topo se comió el sol,
o es que el mundo se congeló?
¡No! Diez mil palomas dicen que no. Canastera,
Hazme con tu pelo un canasto pa mi pena.
Llénamelo de flores, canastera.
Será, como quería Cavafis, más importante el viaje que el destino. Y en ese periplo, irá asentando su colaboración con otros escritores, como Antonio Burgos, Antonio Gala, Félix Bayón o Fernando Quiñones. O participa en expediciones artísticas a la Argentina de la Junta Militar, junto con Tato Rébora, Luis García Montero y Javier Egea, entre otros.
En ese periplo íntimo y público, Carlos Cano lee, desde el Cancionero de Baena a Charles Bukowski, o se adentra en la vaquera de la Finojosa y en los zéjeles moriscos. El descubrimiento de otras urbes, como Nueva York, en su segundo nacimiento, La Habana o Marrakech, le llevarán a hacer suyo el poema Yo te amo ciudad, de Gastón Baquero, en las antípodas de aquellas antiguas relaciones personales con la Granada natal:
Yo te amo ciudad, rumor lejano,
aunque soy en tu olvido una isla invisible,
porque resuenas y tiemblas y me olvidas.
Yo te amo, ciudad, cuando desciendes lívida
y estática en el sepulcro breve de la noche,
cuando dejas que el sol se precipite
como un río de abejas silenciosas,
como un rostro inocente de manzana,
Yo te amo, ciudad.
Su desenlace, desde luego, no dejaba lugar a dudas: Quisiera ser mañana entre tus calles una sombra cualquiera, un lucero, navegarte la dura superficie, donde nada recuerda tu existencia. Y perderme hacia ti, ciudad querida, en medio de la verde primavera, en la extensión radiante del verano, en la patria sonora de los frutos. ¿Qué habría ocurrido para ese cambio de perspectiva? Precisamente, una mayor distancia emocional y al mismo tiempo una cierta resignación, la asunción de una idea precisa, la de que nosotros también somos esa ciudad.
“El laberinto está en ti, tú eres el laberinto”, como Carlos Cano citaba a José Bergamín.
[Este artículo de Juan José Téllez es uno de los que conforman la revista Ibn Cano, el legado emocional de Carlos Cano.]

«Ser andaluz es la forma cultural que yo tengo de ser persona»
Carlos Cano, músico y poeta
(Granada, 28 de enero de 1946 – 19 de diciembre de 2000)








