La fidelidad a la genealogía femenina materna

La fidelidad a la genealogía femenina materna, por Ana Silva

Escribe María Zambrano en El hombre y lo divino que “la epifanía es lo que tiene toda realidad que accede por fin a hacerse visible”, una afirmación que salva de cualquier sospecha de orfandad a lo no nombrado y, sin embargo, presente. Así es lo que ocurre con la presencia de la genealogía femenina materna en Carlos Cano; siempre estuvo ahí como un orden simbólico inquebrantable desde el que partió su inspiración, orden no nombrado por quienes se acercaron a acotar la infinita grandeza de su obra.

Desde muy temprano es consciente de su procedencia y del inmenso valor que implica ser depositario de la lengua materna, su lengua andaluza, heredada de su madre, su abuela y las mujeres de su casa. Lengua que es la primera expresión de libertad recibida de quien lo trajo al mundo entre amasijos de pan, costura y cantes en una casa cualquiera del Realejo granadino.

Hay signos evidentes de esta consciencia en La morralla, que, aunque se refiere a los jornaleros, no hay duda de que retrata lo que ha interiorizado en su propio hogar: la invisibilidad de las mujeres trabajadoras, la mudez impuesta a las sin nombre, a las explotadas y, al mismo tiempo, maestras de la excelencia del esquivar y del sobrevivir. Porque cuando escribe “la que da la batalla y no recibe ni una medalla” y “la que el pan elabora, saca el aceite y nunca me falla” está haciendo epifanía de la realidad de su linaje femenino en los mismos términos que anuncia María Zambrano. Epifanía de la realidad presente a lo largo de su trayectoria que, sin embargo, se quiebra al final de su carrera.

Una quiebra intencionada que el mismo Carlos Cano introduce a finales de 1999 en una de las grabaciones de la que sería su última gira. Quizás por ello adquiere un sentido profético el hecho de que trajera expresamente a modo de preámbulo la memoria de su madre y de su abuela antes de cada copla.

Rompía con ese gesto lo silenciado hasta entonces y se hacía carne hacia afuera la deuda que sentía con su linaje femenino materno, concentrada en memorias y vivencias irreemplazables. “Canciones que te llevan por la vía de la sangre, y te crees que te estás tomando aún un pan con chocolate y que tu abuela está cosiendo y tu madre cantando. Somos la consecuencia de lo vivido y de la memoria”, dirá antes de comenzar a cantar.

Un homenaje abierto y amoroso para ellas, las mujeres en las que Carlos Cano apuntala el mapa emocional al que pertenece. Homenaje y giro determinante a través del cual saca de la condena al silencio a las mujeres de la generación de su madre, su abuela y de las que venían delante, destinadas a la mudez, al acallamiento de sus propios anhelos, al luto y a la miseria.

Así como Federico García Lorca describe a la perfección el acallamiento de las mujeres al final de La Casa de Bernarda Alba en la famosa frase «¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!», Carlos Cano lo hace invocando la grandeza femenina aprendida en el hogar, en la calle, en las voces de mujeres a las que considera “clave de las emociones”. Lo dirá de forma hermosa antes de cantar Elisa: “si hubiera una frontera de la emoción, seguramente el guarda que lo abriera y lo cerrara sería una mujer”.

Porque sabe que en lo femenino libremente expresado se encuentran los sentires más profundos y la vuelta a la infancia, que nada tiene que ver con las cadenas que imponen las antinomias del pensamiento. Así Elisa “ama las nubes” y “se echa a volar”, recordando que el amor es el signo de la vida, incluso para decir un adiós, para no volver, para olvidar, pues “nada es más importante que sentirse querido”, como le dejó escrito a su hijo Pablo.

Y no solo se queda ahí, en indicar el sentido de lo femenino como raíz en su obra es lo iniciático. La madurez llegará después, cuando traiga el referencial materno como un eje inquebrantable. Señalarlo ya en sí es revolucionario, pero Carlos Cano no se queda en la enunciación, sino que va más allá, a la búsqueda completa del sentido. Y lo hace al traer a su obra el recuerdo de las madres de Plaza de Mayo. Su capacidad de contrastar la innegable manipulación del sistema patriarcal sobre la obra materna queda impregnada en su Tango de las madres locas. Dirá de esas madres que “un día sus hijos les hablaron de que existe un monstruo, una especie de dragón que se lo come todo, ellas dijeron que no, y dijeron que no, hasta que el dragón ha llegado a su puerta”.

La patria asesina se come los frutos de la fertilidad de la madre, y la deja sin un lugar donde recomponerse. Por eso Carlos Cano no canta a la patria. Canta a la matria, que es la madre, la hermana, la mujer que sufre del arrebato de sus hijos. La matria que dibuja no tiene territorio, ni ejércitos, ni soldados ni militancia partidista; lo que tiene son emociones, sentires, solidaridad, vínculos, relaciones, amor y vida.

Su estar en el mundo, con la matria como centro, le otorgó un lugar privilegiado, aprendido también de la genealogía femenina. Es el situarse más allá de la ley, no en contra. Más allá de la ley como escribió en El espejo de las almas simples la mística Margarita Porete, quemada en la hoguera por la Inquisición en el S.XIII. Ella fue condenada a morir en la hoguera por escribir verdades molestas, aquellas que vienen de situarse en un estado de alegría pese a la miseria, pese al poder demoledor. “Cuando las cosas están mal, siempre hay algo que nos puede salvar«. Carlos Cano encuentra constantes símbolos del por encima de la ley en algunas mujeres, especialmente en una muy singular, una vieja jornalera de Los Corrales, en Sevilla. “Hoy, hijo mío hay tó pa la boca, pero falta alegría”.

Unos minutos después comenzará a cantar Me llaman sudaca, la historia de otro hijo, un hijo de una madre argentina que sufre las primeras consecuencias del cierre de fronteras de nuestro país propiciado por la conocida ley de Corcuera. Un tema en el que introduce el desgarro del exilio, la desesperación de los sin papeles, la canallada, en definitiva, de la patria. Todo un giro simbólico que viene a completar, sin renuncias, la enormidad de su obra en constante consonancia y fidelidad con la genealogía femenina materna.

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