Poemas cantados

Poemas cantados, por Carlos Cano

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Cuando en la primavera de 1972 unos amigos de Granada me preguntaron si me gustaría participar en un homenaje mundial a Federico García Lorca, que iba a realizarse en la Sede de la UNESCO en París, yo no podía ni siquiera imaginar que éste iba a ser el origen de algo que acabaría convirtiéndose en mi profesión con el tiempo, y en el principal estímulo que me empujó a realizar y plantearme el proyecto Diván del Tamarit, finalizado hace escasamente un mes.

En aquel París, donde me fui, casi adolescente, a compartir, en la Rue des Sevres, hambre, frío, versos y sopicaldo, con mi amigo Juan de Loxa, poeta, granadino como yo, y director hoy de la Casa Museo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros. En aquel París conocí a Paco Ibáñez, Lluís Llach, Enrique Morente, Manuel Gerena, etc. Compartí risas y antifranquismo con Paco Ramírez, Pepe Guevara, Vázquez de Sola, etc. (A Fernando Arrabal me lo presentaron en un homenaje a la viuda de Julián Grimau).

En aquel París compuse canciones como Anochece, La Hoguera, y comencé a cantar en institutos de Normandía, por un puñado de francos (comida y cama eran en casa de Guy Deseglise, profesor de español y enamorado de la música popular). El profesor de Física de la Universidad de Caen, Bernard Caillaud, era mi técnico de sonido, con su pipa siempre y sus magníficos Jimmis Hendrix en serigrafía de colores sicodélicos, (con cous-cous y grog de ron con té de jazmines, me curaba los resfriados).

Días antes del homenaje, en un debate en la sede de la UNESCO, me encontré con Claude Couffon, Marie Laffranque y otros hispanistas. Recuerdo que había un gran enfrentamiento, algo pedante, sobre el tema del asesinato de Lorca en la Guerra Civil. En algún momento, harto de tanta discusión, grité, con ironía: «En España, nosotros parimos a los poetas para después fusilarlos y así ustedes, los franceses, puedan escribir ensayos sobre el tema y hacerse famosos«. Se hizo un pesado silencio que rompió la voz de un rubio panocha con el pelo encrespado que en un macarrónico pero delicioso español dijo: «Tiene razón el muchacho…«. Era Ian Gibson.

Años después, en 1976, nos encontramos de nuevo en Fuente Vaqueros, el 5 a las cinco, cuando Pepe Guevara grito: «¡Federico vive!«. Recuerdo que esa mañana canté improvisadamente con mi guitarra detrás de la nueva Facultad de Letras, evitando una carga policial sobre el numeroso y desconcertado público.

Esto no es un homenaje a Federico García Lorca. Esto es, sobre todo, el pago de una deuda que adquirí con el poeta cuando yo era un adolescente y los versos del Diván del Tamarit me ayudaron a combatir la soledad y el silencio. Así pude comprender el oscuro horizonte que inquietaba mi vida. Fueron los versos de la Casida de las Palomas Oscuras, los que me empujaron al lenguaje hermético del surrealismo: «Por las ramas del laurel vi dos palomas oscuras: la una era la otra y las dos eran ninguna…«.

Entendí entonces, como ahora, que hay cantidad de cosas de las que estamos cerca, convivimos con ellas, sin tener el menor sentido ni conocimiento racional: ¿Quién comprende una puesta de sol?, ¿quién sabe lo que encierra el fondo de unos ojos?, ¿habrá algo más irracional que el propio corazón y sus emociones?

Al cantar el Diván del Tamarit, en los casi 20 años que he tardado en acabarlo, he ido descubriendo el poder de la palabra cantada, debidamente cantada. La creación de una geografía emocional, colorista, emotiva, donde la palabra se desarrolla y muestra unos matices que leída, oculta: la emoción del misterio. La belleza del ritmo. Muchas veces las palabras sirven como referencia sobre la cual se sostiene la melodía para adentrarse subjetivamente dentro de ti y abrir un universo de emociones, de reflexión, de símbolos que están en nosotros desde la noche de los tiempos y despertarlos, como el instinto a la paloma y al gatopardo. Ese remoto sentido que llamamos surrealismo.

Yo no he querido otra cosa que compartir con muchos unas emociones destinadas a pocos. Considero que la emoción posee caminos para llegar a lugares donde sólo llega lo científico. Para mí la poesía es un acto tan racional como la física y las matemáticas; como la quimera.

Lorca es casi con toda seguridad el poeta con mayor musicalidad de la lengua española. Ponerle música es siempre fácil. Lo difícil es hacerlo bien. Por eso no existe más norma, para poder romper la ley, que lo bien hecho. Opinar lo contrario es intelectualmente reaccionario.

Decía T.S. Elliot que para ejercer la crítica hay que tener un conocimiento apasionado de la obra y una actitud desapasionada para el análisis.

«¡Qué maravilla! ¡Parece que tiene argumento y no lo tiene!«.
(Dalí a Lorca después de leer el Romance Sonámbulo).

«¡Qué bonito, hijo. Qué bonito! ¡No me entero de ná, pero qué hermosura!…«.
(Voz de mujer en el Teatro Romea de Murcia durante el estreno del Diván del Tamarit, el 30 de abril de 1998).

 

 

«La otra mirada«

Todo lo posible
tiene un pasado.
El Arte lo sabe
y rompe la norma
contra el suelo.
(A veces, misteriosamente,
la cabeza
florece en el corazón
y andarse por las ramas
no es sólo
cosa de pájaros).

 

 

 

Carlos Cano, 20 de mayo de 1998

 

 

 

 

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